Animados por los artículos del consultorio de Aleteia, solicitaron ayuda especializada. No convivían bajo el mismo techo pues se encontraban separados, en la antesala del divorcio.

Durante las primeras sesiones, fueron atendidos cada uno por separado.

La esposa se encontraba muy frustrada. No se sabía ni se sentía amada pero seguía amando a su esposo y que, según reconoció, era un buen hombre. 

Por su parte, su marido consideraba que era buen esposo y que se desvivía trabajando pero su esposa no le daba el reconocimiento y el respeto que era de esperar.

Cuando se le preguntó si aún amaba a su esposa respondió con el ceño fruncido: “Por supuesto que la quiero, de no ser así no estaría aquí”.

Ambos mostraron sus heridas: trabajaban muy duro todos los días y cumplían todas sus obligaciones, pero no lograban encontrar los espacios de un íntimo amor ni comunicar sus sentimientos para rectificar sus actitudes. Dudaban por ello de que su amor fuese una realidad, sintiéndose al final de un oscuro corredor.

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