“Que el pesebre y el árbol, símbolos fascinantes de la Navidad, puedan llevar en las familias y en los lugares de reunión un reflejo de la luz y de la ternura de Dios, para ayudar a todos a vivir la fiesta del nacimiento de Jesús”, así lo indicó el Papa Francisco este viernes 7 de diciembre en el Vaticano.

El Santo Padre recibió en audiencia a las delegaciones de las regiones italianas Friuli Venecia Giulia y del Veneto que regalaron el pesebre y el árbol que decoran este año la Plaza de San Pedro. Estos grupos estuvieron encabezados por el Patriarca de Venecia, Mons. Francesco Moraglia y el Obispo de Concordia-Pordenone, Mons. Giuseppe Pellegrini.

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Homilía de la Misa de hoy en la Casa Santa Marta sobre el Adviento, la ocasión para comprender plenamente el nacimiento de Jesús y para cultivar la relación personal con el Hijo de Dios

El tiempo de Adviento tiene “tres dimensiones”: pasado, futuro y presente. Al celebrar la misa en la capilla de la Casa Santa Marta, el papa Francisco recordó hoy que el Adviento, inaugurado ayer, es el tiempo propicio “para purificar el espíritu, para hacer crecer la fe con esta purificación”. El punto de partida de las reflexiones del Papa es el Evangelio del día (Mt 8,5-11): el encuentro en Cafarnaún entre Jesús y un centurión, que pide ayuda para su siervo, paralizado en cama. Incluso hoy, precisa, puede pasar que se “acostumbre a la fe”, olvidando su “vivacidad”. “Cuando estamos acostumbrados – subraya – perdemos esa fuerza de la fe, esa novedad de la fe que siempre se renueva”.

Que la Navidad no sea mundana

En la homilía, el papa Bergoglio subraya que la primera dimensión del Adviento es el pasado, “la purificación de la memoria”: “recuerden bien que no nació el árbol de Navidad”, que ciertamente es un “bello signo”, recuerden que “nació Jesucristo”. Nació el Señor, nació el Redentor que vino a salvarnos. Sí, la fiesta … nosotros siempre tenemos el peligro, tendremos en nosotros siempre la tentación de mundanizar la Navidad, mundanizarla… cuando la fiesta deja de ser contemplación -una bella fiesta de familia con Jesús en el centro- y empieza a ser fiesta mundana: hacer las compras, los regalos, y esto y lo otro… y el Señor se queda ahí, olvidado. También en nuestra vida: sí, nació, en Belén, pero… el Adviento es purificar la memoria de ese tiempo pasado, de esa dimensión.

Purificar la esperanza

El Adviento, además, sirve para “purificar la esperanza“, para prepararse “para el encuentro definitivo con el Señor”. Porque ese Señor que vino allí, volverá, ¡volverá! Y volverá a preguntarnos: “¿Cómo fue tu vida?”. Será un encuentro personal. Nosotros, el encuentro personal con el Señor, hoy, lo tenemos en la Eucaristía y no podemos tener un encuentro así, personal, con la Navidad de hace 2000 años: tenemos la memoria de aquello. Pero cuando Él vuelva, tendremos ese encuentro personal. Es purificar la esperanza.

El Señor llama cada día a nuestro corazón

Finalmente, el papa Francisco invita a todos a cultivar la dimensión cotidiana de la fe, a pesar de las preocupaciones y tantas dificultades, “custodiando” la “casa interior” personal. Nuestro Dios, de hecho, es el “Dios de las sorpresas” y los cristianos deberían vislumbrar cada día las señales del Padre celestial, ese modo de hablarnos hoy. Y la tercera dimensión es más cotidiana: purificar la vigilancia. Vigilancia y oración son dos palabras para el Adviento; porque el Señor entró en la historia en Belén; vendrá, al final del mundo y también al final de la vida de cada uno de nosotros. Pero viene cada día, en cada momento, a nuestro corazón, con la inspiración del Espíritu Santo.   Por Barbara Castelli    Articulo publicado originalmente por Aleteia

El Papa Francisco invitó a los cristianos a dedicar el tiempo de Adviento para pacificar la propia alma, los conflictos de familia y contribuir a la paz en el mundo con pequeños gestos en los entornos más cercanos a cada uno.

En su homilía de la Misa en Casa Santa Marta este martes 4 de diciembre explicó que el Adviento “es un tiempo para prepararse para la venida del Príncipe de la Paz. Es un tiempo para pacificarse, en primer lugar, con nosotros mismos, para pacificar el alma”.

Señaló que es algo necesario, porque “muchas veces no estamos en paz, estamos en ansiedad, en agonía, sin esperanza”. Por ello, animó a reflexionar sobre la pregunta implícita en la venida del Señor: “¿Cómo está hoy tu alma? ¿Está en paz?”.

Y si la respuesta es negativa, invitó a pedir al Señor que la pacifique para prepararse para el encuentro con Él.

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