¿Cómo aplicar la experiencia de la espiritualidad en la vivencia cotidiana?

La espiritualidad es una experiencia de las relaciones personales interconectadas que producen en nosotros una transformación, volcando nuestra vida a Cristo, pero para que esto ocurra debemos comprender que la espiritualidad parte del encuentro que tengo conmigo mismo que se ilumina por la relación-comunión con la Santísima Trinidad y que se hace una experiencia viva con mi prójimo y con todo lo creado.

El hombre debe entenderse así mismo como espíritu y definirse como espíritu para que de esta manera oriente todo hacia él, pues es el centro de nuestro ser, por eso cuando tengo un encuentro conmigo mismo, en los niveles mas profundos de mi persona, me dejo iluminar por la presencia de Dios quien me da la identidad de creyente e hijo suyo y de esta manera puedo vivir mi vida desde la fe, la esperanza y el amor. Es esencial de la espiritualidad cristiana sacar su fuerza vital de acción salvífica de Dios presente en toda la historia, este es el camino trascendental: el reconocimiento de Dios y de su acción como Jesús salvador.

Cuando tenemos un espíritu abierto a lo universal estamos impulsados hacia los otros y a la actuación en el mundo de hoy, saliendo de nosotros mismos hacia lo absoluto, esto ocurre cuando encontramos en el mundo nuestro campo de acción, de instrucción, de acreditación y de purificación, partiendo del mandato de amor al prójimo, pues la espiritualidad esta llamada a liberarnos, a darnos sentido de nobleza, de rectitud y de orientación.

El Espíritu Santo es el protagonista de la experiencia espiritual cristiana, es Él quien nos conduce al conocimiento de Cristo, infunde en nosotros la caridad, nos impulsa a vivir en el Reino de Dios, es quien nos lleva a una actuación y dinamismo en la vida divina. Por eso debemos integrar en nuestras vidas a un Jesús-Dios con un Jesús-hombre.

Mencionado lo anterior, es importante que como personas espirituales que decimos ser, tengamos una oración personal y trato íntimo con Dios pues el fruto de esta oración se va a notar en mi vida individual, en mi moral y ética, en otras palabras en mi honradez y honestidad. De esta manera, esa espiritualidad se va a traducir en comportamientos con los demás, en mis relaciones humanas y trato con mis semejantes, estos son el termómetro para medirla. Sin olvidar que estamos llamados a analizar las realidades sociales sean económicas, políticas, ecológicas, etc. Ser críticos y solidarizarnos con las necesidades ajenas.

Todas las dimensiones de nuestra vida deben estar integradas, el mundo y las relaciones con los demás también, porque la espiritualidad es vida y por eso se vive, se estructura desde nuestra fe, a medida que vamos madurando en ella, el objetivo no es algo, es alguien: Dios Padre. Estamos llamados a ser Cristianos de verdad, a tener una espiritualidad cristiana, no llenos de espiritualismo o religiosidad, sino a vivir una espiritualidad comprometida con el evangelio. Y esto supone un caminar impresionándonos e imitando las actitudes cristianas de personas que dan gran testimonio de ser discípulos y seguidores de Jesús; permitiendo que bajo la acción del Espíritu Santo que abre nuestros corazones y creyendo demos un Sí a una conversión inicial, pero que baste para que percibamos que cuando nos alejamos por completo del pecado nos introducimos al misterio de Dios; profundizando en el misterio de la salvación, practicando costumbres evangélicas, participando en la eucaristía, formando plenamente parte de una comunidad cristiana y ejercer allí el apostolado al que el Señor me ha llamado.

Para mi, la mejor de todas las espiritualidades es la que nos da Jesús, pues nos transmitió el proyecto del Padre. Se reveló como Hijo pues se relacionó con Dios como Padre al que nosotros nos debemos acercar también con toda confianza en la meditación y oración íntima; se reveló como hermano pues jamás excluyó a nadie, siempre buscó perdonar, amar, sanar y liberar, de esta manera debemos estar ahí para el otro, también se reveló como Señor de todo lo creado, un señorío que nos ha sido dado como hijos de Dios, para que cuidemos todo lo que nos ha regalado compartiendo con nuestro prójimo.

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