¡Es hora de levantarse!

El documento de aparecida nos expresa que los jóvenes y adolescentes constituyen la gran mayoría de la población de América Latina y de El Caribe. Representan un enorme potencial para el presente y futuro de la Iglesia y de nuestros pueblos, como discípulos y misioneros del Señor Jesús, además nos expresa que las nuevas generaciones están llamadas a transmitir a sus hermanos jóvenes sin distinción alguna, la corriente de vida que viene de Cristo, y a compartirla en comunidad construyendo la Iglesia y la sociedad[1].

Esta es la invitación que todo joven debe seguir, pero ¿en realidad el joven está cumpliendo este llamado? el joven de hoy, no le interesa en lo absoluto ser un verdadero cristiano, cumplir los mandamientos, no le importa vivir según el Espíritu (Rm 8), lo que le interesa al joven en estos momentos es satisfacer los placeres de la carne, como lo enuncia el apóstol San Pablo en la carta a Gálatas: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes” (Gal. 5, 19-21).

Podemos identificar tres tipos del joven de hoy, en primer lugar, está el joven que no ha tenido su encuentro personal con Jesús; la Biblia lo llama el hombre natural, y aunque haya sido bautizado, en la práctica actúa como un no creyente porque tiene a Cristo por fuera de su vida, no puede entender las cosas espirituales y le parecen locura o tontería (1 Co 2, 14).       

En segundo lugar, encontramos al joven Cristo céntrico, es el que vive en la Gracia de Dios, vive lleno del Espíritu Santo y tiene a Cristo como Centro en el Trono de su vida. La Biblia lo llama hombre espiritual (1 Co 3,16-17). La entrega a Cristo tiene un momento inicial, pero, debe existir una actitud permanente siguiendo el modelo de la Virgen María, siempre dócil y disponible para obedecer a la Voz de Dios.

En tercer lugar, encontramos al joven que representa a un cristiano tibio, que aceptó a Cristo como Salvador, pero, regresó a su antigua manera de vivir pecaminosa y al no dejarse gobernar por Él, expresa las obras de la carne (1 Co 12, 2; Gal. 5,19-21). Aunque esta clase de joven no se reconoce a si mismo que ha vuelto a lo que era antes, sigue “buscando” de Dios porque siempre se encuentra vacío, con deseo de “algo” que lo llene, pero lastimosamente mientras no se reconozca como se está en realidad, no se logrará un crecimiento espiritual estable, porque siempre el mundo va a ser más interesante aunque siga viviendo una doble vida, una doble moral, donde durante el día le sirve a Dios pero en la noche le sirve al mundo.

Tampoco, se quiere caer en el fanatismo o moralismo extremo, que ningún joven puede volver a pecar, ante todo somos humanos, de carne, pero que esto no se vuelva una excusa para pecar “soy de carne”, porque termina la persona pecando sobre lo mismo, volviendo a caer en lo mismo de siempre, que ya le da pena ir a confesarse porque ya el padre sabe lo que va a confesar, porque se termina convirtiendo como dice San Pablo “esclavo del pecado”.

Para este tipo de cristiano, Dios siempre ofrece la reconciliación y el retorno a su comunión mediante la confesión y perdón de los pecados. Recuerden estamos en el mundo pero no le pertenecemos (1 Jn 4, 4-6); debemos ser auténticos cristianos, a vivir en santidad, a anunciar la buena nueva a los demás jóvenes que aún no han tenido su encuentro personal con Dios, que siempre lo que hagamos sea para agradar a Dios (1 Jn 3, 22).

¡Joven!, hijo e hija de Dios, es hora de levantarse, de ser una nueva generación de adoradores, de ser auténticos adoradores en espíritu y verdad (Jn 4, 23-24), ser Centinelas de la mañana[3](Is 21, 11-12) como lo menciona San Juan Pablo II y en el documento de Aparecida, “V conferencia general del Episcopado latinoamericano y del caribe” en el numeral 443, donde invita al joven a ser Centinelas de la Mañana: un tiempo nuevo para la juventud[4].

Publicado por Mario Amaya


[1] Documento de Aparecida No. 443

[2] Gal 5, 19-21

[3] Juan Pablo II,  mensaje para la  XVII  Jornada Mundial de la Juventud, Castel Gandolfo, el 25 de 2001

[4] Fernando Dos Santos Gomes, Centinelas de la mañana: Un tiempo nuevo para la juventud, P 39-41.

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