Cuando una pareja decide volver a empezar

Animados por los artículos del consultorio de Aleteia, solicitaron ayuda especializada. No convivían bajo el mismo techo pues se encontraban separados, en la antesala del divorcio.

Durante las primeras sesiones, fueron atendidos cada uno por separado.

La esposa se encontraba muy frustrada. No se sabía ni se sentía amada pero seguía amando a su esposo y que, según reconoció, era un buen hombre. 

Por su parte, su marido consideraba que era buen esposo y que se desvivía trabajando pero su esposa no le daba el reconocimiento y el respeto que era de esperar.

Cuando se le preguntó si aún amaba a su esposa respondió con el ceño fruncido: “Por supuesto que la quiero, de no ser así no estaría aquí”.

Ambos mostraron sus heridas: trabajaban muy duro todos los días y cumplían todas sus obligaciones, pero no lograban encontrar los espacios de un íntimo amor ni comunicar sus sentimientos para rectificar sus actitudes. Dudaban por ello de que su amor fuese una realidad, sintiéndose al final de un oscuro corredor.

Pensando en el divorcio, reconocieron que en su caso no existía una justificación por el hecho de que algo atentara directa y gravemente contra el bien de uno de los cónyuges o de los hijos, como lo son la infidelidad u otras conductas que ponen en grave peligro la vida de un matrimonio. 

Siendo esta la situación, ¿no era grave su problema?  Por supuesto que sí y por eso estaban sufriendo tanto.

Después de unas sesiones, quedó claro que aun queriéndose, se relacionaban desde la autosuficiencia individual y una justicia de equilibrio de “yo te doy” y “tú me das”, en un plano de mera convivencia en el que habían dejado de lado el darse ellos mismos, en un entrelazamiento afectivo, cuya dinámica había ido muriendo. 

Se veían mutuamente como un bien del uno para el otro, y no como un bien en sí mismo digno de ser amado sin ningún interés egoísta.

Con todo, aún se resistían a aceptar que debían abandonar equivocadas creencias sobre el matrimonio y el amor conyugal que les impedían la creatividad y el impulso de quienes quieren ser verdaderamente felices. Era así porque llevaban ya tiempo funcionando con otros esquemas como para cambiar cuando alguien les propusiese una alternativa. 

Cada uno esperaba que el otro cambiara sin cambiar primero el mismo.

Sin embargo, gradualmente fueron reconociendo que tales esquemas habían fallado, así como el por qué era necesario abdicar de una inútil autosuficiencia y el falso orgullo de considerarse ambos muy “virtuosos”, para descubrir que lo único que valía la pena era dar y recibir amor entre ellos, y que ese era el verdadero bien de los esposos.

Se trataba de plantearse una conversión por la que sus virtudes siendo una realidad,   brotaran ahora de una fuente distinta, más profunda sincera y pura, pero sobre todo más humilde. También de admitir sus defectos, confiando en la comprensión y ayuda del otro. Luego, desde esa condición, aceptar tanto su capacidad de amar, como su propia carencia afectiva. 

Para ello se les propuso subir por dos importantes escalones desde su corazón para implicarse real y verdaderamente en su mutuo amor.

  • Primer escalón: Superar el orgullo y el egoísmo, de modo que las acciones realizadas por cada uno, se puedan convertir en un medio de crecimiento con el otro, poniendo especial cuidado y amor en detalles de atención y delicadeza que dicen mucho de lo que se piensa y de lo que se siente. Hacer vida el amor.
  • Segundo escalón: Que cada cónyuge sea amado por el otro como se ama a sí mismo, en su propia carne… ¿qué significa eso? Significa no conformarse con saber o sentirse amados, sino luchar por alcanzar la experiencia que les permita palpar el amor del otro, en las entrañas mismas de su ser…  Palpar es mucho más hondo que sentir o saber, y se puede comprender desde la experiencia de haber perdido a un ser muy querido: nuestros conocidos lo habrán lamentado con la cabeza, nuestros muy cercanos con el corazón, pero nosotros hemos vivido el dolor en la profundidad de en nuestras entrañas.  Es ahí donde el amor y el dolor se tocan logrando que el matrimonio se convierta en una relación de perfección cualquiera que fuesen las circunstancias.

Finalmente desecharon la idea del divorcio e hicieron una serie de propósitos para comenzar y recomenzar con nuevos puentes de amor.

Por Orfa Astorga de Lira. 

Consúltanos en: consultorio@alteteia.org 

Publicado originalmente por Aleteia

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